¿Por qué fallamos en una emergencia? Los errores más comunes en primeros auxilios en el entorno laboral

Una situación reciente nos recuerda la importancia de la prevención, la formación, la reacción, la seguridad y la responsabilidad ante emergencias que pueden ocurrir en cualquier entorno laboral, donde cada segundo cuenta y la preparación marca la diferencia.

¿Cuándo una situación cotidiana se convierte en una emergencia?

Hay momentos que empiezan siendo completamente normales. Un desayuno, una comida familiar, una pausa en el trabajo. Espacios en los que nadie espera que ocurra nada fuera de lo habitual. Pero precisamente por eso, cuando algo se rompe, cuando una persona deja de responder como debería, cuando aparece el silencio en medio del ruido, la reacción inicial suele ser de desconcierto.

Cuesta identificar que lo que está ocurriendo es una emergencia real. Y esto no es casualidad. Desde el punto de vista neurocognitivo, existe un pequeño retraso entre lo que percibimos y la interpretación de que estamos ante una amenaza. Es lo que se conoce como latencia de reconocimiento, que durante unos segundos el cerebro intenta encajar la situación dentro de lo conocido antes de activar una respuesta de urgencia.

El problema es que mientras intentamos entender lo que ocurre, el tiempo sigue avanzando. Y en situaciones como un atragantamiento, ese desfase no es irrelevante. El organismo ya ha comenzado un proceso de hipoxia, es decir, una disminución del aporte de oxígeno a los tejidos.

La peligrosa diferencia entre saber y saber actuar

Existe una confianza bastante extendida en la idea de que “más o menos sabríamos qué hacer”. Es una sensación construida a partir de información fragmentada, recuerdos lejanos o contenidos consumidos sin contexto. Sin embargo, esa percepción cambia radicalmente cuando la situación es real.

Desde el punto de vista del funcionamiento cerebral, no todo el conocimiento se utiliza de la misma forma. Lo que sabemos de manera teórica se almacena principalmente como memoria declarativa. Pero actuar en una emergencia depende, en gran medida, de la memoria procedimental, que es la que se construye mediante la repetición y la práctica.

Cuando aparece el estrés, el organismo activa el sistema nervioso simpático y libera adrenalina. Este proceso prepara al cuerpo para reaccionar, pero también estrecha la atención y dificulta el acceso a información que no está automatizada. Por eso, una persona puede saber lo que hay que hacer en condiciones normales, pero no ser capaz de ejecutarlo cuando su cuerpo está en alerta. La diferencia entre saber y saber actuar no es solo una cuestión de experiencia: es una respuesta neurofisiológica.

¿Qué ocurre realmente en un atragantamiento grave?

Cuando se produce un atragantamiento severo, el cuerpo entra en una situación crítica en cuestión de segundos. La vía aérea queda bloqueada y el aire deja de fluir hacia los pulmones, lo que impide el intercambio gaseoso en los alveolos.

A partir de ese momento, disminuyen los niveles de oxígeno en sangre y aumenta el dióxido de carbono. El cerebro, especialmente sensible a la falta de oxígeno, comienza a verse afectado rápidamente. Primero aparece una sensación intensa de angustia, seguida de agitación y si la situación no se resuelve puede producirse una pérdida progresiva de la conciencia.

Lo más llamativo es que en muchos casos no hay señales espectaculares. La persona no puede hablar, no puede pedir ayuda y en ocasiones, ni siquiera puede emitir sonido. Esa aparente discreción es precisamente lo que hace que la situación sea tan peligrosa, porque puede pasar desapercibida en entornos con mucho estímulo.

Los errores que más se repiten cuando nadie está preparado

En ausencia de entrenamiento las respuestas ante una emergencia suelen estar marcadas por la improvisación. Es frecuente que las personas duden demasiado antes de intervenir, intentando confirmar si la situación es realmente grave. Ese momento de indecisión tiene una base cognitiva, el cerebro intenta resolver la incertidumbre antes de actuar.

En otras ocasiones ocurre lo contrario. La activación emocional es tan alta que se actúa de forma impulsiva, sin una evaluación clara ni una técnica adecuada. También es habitual que varias personas intervengan al mismo tiempo sin coordinación, lo que genera interferencias en lugar de ayuda efectiva.

Y por encima de todo aparece un fenómeno clave: el bloqueo. No es falta de voluntad. Es una respuesta del sistema nervioso ante una sobrecarga de estímulos en la que la persona no consigue seleccionar una acción concreta. Este tipo de respuesta está ampliamente descrito en la psicología de emergencias y es completamente previsible cuando no existe entrenamiento previo.

La diferencia entre improvisar y estar entrenado

Cuando una persona ha entrenado cómo actuar ante una emergencia su respuesta cambia de forma significativa. No desaparecen los nervios pero dejan de ser un impedimento. El cerebro reconoce la situación con mayor rapidez y el cuerpo activa patrones de acción que ya han sido practicados.

Desde el punto de vista neurológico, el entrenamiento fortalece circuitos asociados a la acción reduciendo la carga cognitiva necesaria para ejecutar determinadas conductas. Esto permite actuar con mayor rapidez y precisión, incluso en condiciones de estrés.

Además, la exposición a escenarios simulados reduce el impacto emocional de la situación real, facilitando una respuesta más adaptativa. En términos prácticos, esto se traduce en intervenciones más eficaces, mejor coordinadas y con menor margen de error.

Esa es la verdadera diferencia: no eliminar la incertidumbre, sino aprender a actuar dentro de ella, porque cuando llega una emergencia no hay tiempo para pensar desde cero, solo hay tiempo para hacer aquello que ya se ha entrenado.

 

En definitiva, las emergencias no avisan, no dan margen para prepararse en el momento ni tiempo para pensar con calma. Cuando ocurren, todo se reduce a segundos en los que el conocimiento, la capacidad de actuar y el control emocional se ponen a prueba al mismo tiempo. Y es precisamente en ese punto donde se hace evidente una realidad incómoda, no fallamos por falta de intención, sino por falta de preparación.

A lo largo del artículo hemos visto que los errores más frecuentes no son casuales, sino previsibles. Tienen una base fisiológica, cognitiva y conductual. El cerebro duda, el cuerpo se bloquea y la acción se retrasa. Pero también hemos visto que esa respuesta se puede entrenar, que es posible reducir la incertidumbre y actuar con mayor seguridad cuando realmente importa.

Porque en una emergencia no hay segundas oportunidades para aprender. Solo existe la posibilidad de responder con lo que ya llevamos dentro.

Y entonces, la pregunta es inevitable:

si mañana ocurriera una situación así delante de ti, ¿sabrías actuar o dudarías?

 

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